Uso de cookies

La Galería de las Colecciones Reales usa cookies, propias y de terceros, con finalidad principalmente técnica y necesaria para prestación de nuestros servicios y mostrarles contenido relevante. Más información en nuestra política de cookies. Política de cookies.

ACEPTA para confirmar que has leído la información y aceptado su instalación. Puedes modificar la configuración de tu navegador.

El Museo Nacional del Romanticismo se incorpora al programa de la «Obra invitada» con una selección de obras vinculadas al movimiento romántico, que permiten ampliar y enriquecer la mirada sobre las piezas de esta época presentes en la exposición permanente de la Galería. A través de este diálogo entre colecciones, se evocan algunas de las ideas, sensibilidades y formas de entender el arte que definieron el Romanticismo en España.

El Romanticismo

El Romanticismo fue un movimiento cultural que se desarrolló en Europa en torno a la primera mitad del siglo XIX que reivindicó la libertad y subjetividad del individuo, la exaltación de los sentimientos y una nueva concepción de la naturaleza. A España llegó tardíamente cuando, tras la muerte de Fernando VII en 1833, los intelectuales que estaban en el exilio regresaron trayendo consigo las nuevas ideas. Por ello, cronológicamente se hace coincidir con el reinado de Isabel II (1833-1868). 
Tuvo una especial incidencia en la literatura, que fue su vía de introducción principal, considerándose la obra teatral del duque de Rivas (1791-1865), Don Álvaro o la fuerza del sino, estrenada en 1835, la primera plenamente romántica. También los textos que se publicaron en la revista El Artista, en unión a las cuidadas litografías que los acompañaban, sirvieron de vehículo de propagación de los ideales románticos. Esta publicación, de corta vida, fundada por el escritor Eugenio de Ochoa (1815-1872) y el pintor Federico de Madrazo (1815-1894), que residieron en París, donde conocieron de primera mano las nuevas corrientes y la revista L’Artiste, que inspiró la suya. Así, las glosas de biografías de ilustres españoles, las descripciones de monumentos, los discursos de las Bellas Artes y los relatos de ambientes oscuros y misteriosos se acompañaban de ilustraciones de grandes pintores como Carlos Luis de Ribera (1815-1891), Pharamond Blanchard (1805-1873) o el propio Federico de Madrazo. 
Lejos de limitarse a la literatura y la pintura, el Romanticismo influyó en todas las artes —música, teatro, danza— y permeó en todas las facetas de la vida social, tanto pública como privada. Asimismo, la búsqueda de los ideales románticos se dejaron sentir también en la moda y el aspecto físico, buscándose jóvenes de tez pálida, mirada soñadora y destinos aciagos. 

Un nuevo artista

Durante el Romanticismo se gestó una nueva concepción del artista que, partiendo de valores como el individualismo, la originalidad o la creatividad, daría lugar al nacimiento del genio.
Se asiste en esta época también a un cambio en la valoración y situación social de los creadores, que se convierten en productores libres de una nueva clientela, la burguesía adinerada, deseosa de afirmar su ideal de vida y sus valores. Fruto de esta nueva sensibilidad, el retrato, que siempre había ocupado un lugar inferior en la jerarquía académica de los géneros, llegó a alcanzar un protagonismo indiscutible. Al mismo tiempo, los artistas se valieron del autorretrato para avalar su prestigio, un acto no exento de vanidad que les sirvió para ahondar en lo más profundo de su psicología. 
En este entorno cultural, las reuniones y la amistad entre artistas de diversos géneros fueron muy comunes, siguiendo la idea romántica de la hermandad artística y la ruptura de las barreras entre la literatura, el pensamiento y las artes plásticas. Testimonio de esta relación de amistad que unió a pintores y poetas, es el retrato que Antonio María Esquivel (1806-1857) realizó a José de Espronceda (1808-1842), autor que personifica el ideal romántico de libertad que plasmó en su famosa Canción del pirata. Ambos compartieron la ideología liberal y coincidieron en los círculos culturales y académicos de Madrid. El lienzo transmite el cariño y admiración que se tuvieron.
También en la pintura hubo un interés por plasmar, a modo homenaje, la muerte del artista, en muchos casos acaecida de forma prematura, como la de Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870), retratado en su lecho de muerte por Vicente Palmaroli (1834-1896). El genio es representado sin grandilocuencia, casi como si estuviera dormido, en un extraordinario apunte del natural que refleja la amistad y el afecto que unía al pintor con el célebre poeta. 

El objeto como fetiche

La consideración del artista como genio creador llevó al culto al individuo, lo que se tradujo en el atesoramiento de recuerdos y muestras del talento de los artistas. Así surgieron los que se conocen como álbumes de señoritas, aunque en realidad fueron propios tanto de damas como de caballeros. El propietario podía mandarlo a músicos, pintores o escritores, pidiendo una pequeña muestra de su arte, o solicitarla durante las veladas celebradas en su casa y en las que se podían reunir representantes de todas las disciplinas e intelectuales en general. En el caso del álbum de Tomasa Andrés (doc. 1837-1883), esposa del dramaturgo Manuel Bretón de los Herreros (1796-1873), parece que más bien respondería a la primera clase, ya que ninguna de las contribuciones literarias posee signos de improvisación.
Los objetos también se atesoraron como recuerdo de artistas, caso de la cinta fúnebre que el director del periódico La Época portó como representante de la prensa en el entierro del escritor José Zorrilla (1817-1893). El sepelio del autor de Don Juan Tenorio, cumbre del teatro romántico español, congregó a más de 50.000 asistentes en una comitiva con más de trescientos coches, lo que lo convirtió en un acontecimiento social. Pero una de las formas más características del Romanticismo de conservar recuerdos de seres queridos fue hacerlo a través de una parte de su cuerpo, en concreto del cabello. Se crearon joyas específicas para custodiarlos, los guardapelos o, como en el caso del mechón de Mariano José de Larra (1809-1837), lujosas cajitas. En ella se acompaña de una nota que certifica su procedencia, de forma que queda aún más patente la intención de culto no sólo al ser querido (ya que perteneció a su viuda) sino al creador. 

Mujeres creadoras

Durante la primera mitad del siglo XIX las mujeres no tuvieron acceso a las clases oficiales de la Academia, paso fundamental para formarse como artistas. Algunas, las más afortunadas, y que generalmente provenían de entornos privilegiados, fueron instruidas en los talleres familiares o en los de pintores de renombre que sí admitían discípulas. Con todo, se entendía que este tipo de enseñanzas estaban únicamente dirigidas a ornar las virtudes de las jóvenes, lejos de pretensiones profesionales. Algo similar pasaba con las intérpretes musicales, escritoras o poetas. 
Rosario Weiss (1814-1843) fue una de las artistas más reconocidas de su época, nombrada académica de mérito por la pintura de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, fue además la profesora de dibujo de la joven Isabel II y su hermana Luisa Fernanda. Una de sus obras más elogiadas en el arte del dibujo, en el que destacó por su trazo realista, delicado y preciso, fue el retrato de Ramón Mesonero Romanos (1803-1882), famoso periodista y cronista de Madrid. Tanto la artista como el retratado formaron parte del Liceo Artístico y Literario, institución en la que participaron activamente las mujeres, entre ellas una de las grandes poetas de su generación, Carolina Coronado (1820-1911). La sensibilidad que traslucen sus poemas se tradujo también en un firme compromiso con cuestiones sociales como el acceso a la educación de las mujeres o la supresión de la esclavitud.
Estas artistas no solo se hicieron un nombre en los círculos profesionales, sino que abrieron el camino al reconocimiento de la mujer como individuo, con una educación igual a la de los hombres y los mismos derechos.

La crítica al Romanticismo

El romántico acabó convirtiéndose en un estereotipo que fue criticado sobre todo por su aspecto físico, siempre a la moda y atildado, y sus elevadas pasiones. Estas, además, llevaron a algunos de los seguidores del movimiento a cometer excesos sin ninguna duda censurables, ya que se achacó a la imitación del triste destino del protagonista de la novela de Goethe (1749-1832), Las penas del joven Werther, un fenómeno —el del suicidio— que lamentablemente ya existía. Los románticos fueron así criticados en la literatura y la prensa, sobre todo a partir de 1836, coincidiendo con la difusión de sus postulados gracias al estreno de Don Álvaro o la fuerza del sino, y a la publicación de la revista El Artista. Una de las burlas más conocidas surgió de la pluma de Ramón Mesonero Romanos (1803-1882) que, en El Romanticismo y los Románticos, ejemplificaba en un supuesto sobrino suyo todas las características del romántico más exageradas, tanto las referidas a su aspecto físico como a su carácter apasionado e idealista. También el arte se sumó a la crítica, siendo el ejemplo paradigmático la pareja de lienzos conservados en el Museo del Romanticismo y que se conocen conjuntamente como Sátiras del suicidio romántico. En ellas su autor, Leonardo Alenza (1807-1845), pintor romántico de marcado carácter satírico en sus obras, ironiza tanto sobre la comentada «moda» de suicidarse como sobre los elevados sentimientos y la aspiración a conseguir fama y gloria de los seguidores del movimiento. En su época, a estas obras se les llamaba ¡Los Románticos!, indicando las exclamaciones cierto tono paternalista y condescendiente. Según el marqués de Cerralbo, propietario de las obras hasta 1921, cuando las donó al Museo Romántico: «creo que no hay más exagerado romanticismo que los tales dos cuadros».

Autores y coleccionistas

Isabel II
Monarca

Isabel II

(Madrid, 1830 - París (Francia), 1904)

Hija primogénita de Fernando VII (1784-1833) y de su cuarta esposa, María Cristina de Borbón Dos Sicilias (1806-1878), la futura Isabel II fue jurada Princesa de Asturias ante las Cortes españolas, reunidas en la Iglesia de San Jerónimo el Real de Madrid, el 20 de junio de 1833. Apenas tres meses después, se convirtió en Reina de España tras el fallecimiento de Fernando VII el 29 de septiembre de ese mismo año. Durante su minoría de edad, actuaron como regentes, primero su madre, la reina María Cristina, y después el general Baldomero Espartero.

La infancia de Isabel II se vio condicionada no sólo por el estallido de la primera Guerra Carlista (1833-1840), que puso en cuestión su legitimidad como Soberana frente a los partidarios de los derechos sucesorios de su tío, el Infante Don Carlos María Isidro (1788-1855), sino también por los conflictos internos en el seno del Liberalismo español, en concreto entre los partidos moderado y progresista. Esta situación afectó a la educación de la Reina niña, que fue un tanto descuidada pese a contar con los ilustres Manuel José Quintana y Agustín Argüelles como preceptores.

Isabel II fue proclamada mayor de edad el 15 de octubre de 1843, después de que un movimiento militar pusiera fin a la Regencia del general Baldomero Espartero, sucesor de María Cristina de Borbón como Regente de España desde mayo de 1841. En 1846, el gabinete moderado presidido por Francisco Istúriz dispuso el matrimonio de la Reina con su primo, el Infante Francisco de Asís de Borbón (1822-1902), después de que Francia e Inglaterra vetaran respectivamente las candidaturas a la mano de la Soberana de sendos Príncipes alemán y francés, y de que fracasara el proyecto de fusión dinástica que abogaba por la unión de Isabel II con su primo, Carlos Luis María Fernando de Borbón y Braganza (1818-1861), hijo del Pretendiente carlista. 

Finalmente, la boda de la Reina se celebró en el Palacio Real de Madrid el 10 de octubre de 1846. Isabel II y Francisco de Asís de Borbón, nombrado Rey consorte tras su matrimonio, tuvieron diez hijos: el Príncipe Luis (nacido y muerto en 1849); el Príncipe Fernando (nacido y muerto en 1850); la Infanta Isabel (1851-1931), Condesa de Girgenti por su matrimonio con Cayetano de Borbón-Dos-Sicilias (1846-1871); la Infanta María Cristina (nacida y muerta en 1854); el futuro Alfonso XII (1857-1885); la Infanta María de la Concepción (1859-1861); la Infanta Pilar (1861-1879); la Infanta María de la Paz (1862-1946), Princesa de Baviera casada con el príncipe Luis Fernando de Baviera (1859-1949); la Infanta Eulalia (1864-1958), Duquesa de Galliera al casarse con el IV Duque de Galliera (en Italia) Antonio de Orleans y Borbón (1866-1930), y, por último, el Infante Francisco de Asís Leopoldo (nacido y muerto en 1866).

El reinado personal de Isabel II se caracterizó por la inestabilidad política. La duración de los gobiernos del periodo estuvo condicionada por los frecuentes pronunciamientos militares y sublevaciones, como la Revolución de julio de 1854, además de por la incapacidad de la Reina para erigirse en árbitro neutral en las disputas entre los partidos moderado y progresista. Pese a ello, durante la conocida como “época isabelina” continuó la consolidación del régimen constitucional en España mediante la promulgación de las Constituciones de 1837 y 1845, al tiempo que se dio curso a todo un conjunto de medidas que favorecieron la implantación de un modelo de política, sociedad y economía propiamente liberales: por ejemplo la creación de la Guardia Civil en 1844, las reformas tributaria y de la Administración de 1845, la construcción del Palacio de las Cortes (1843-1850), el proyecto de Código civil de 1851, las Leyes Generales de Ferrocarriles y de Desamortización General de 1855, o las Leyes de Enseñanza de 1847, 1855 y 1857, entre otras disposiciones legislativas. Asimismo, el reinado de Isabel II supuso una etapa de modernización y progreso económico para España. La expansión del ferrocarril y el telégrafo, el inicio de los ensanches de Madrid y Barcelona, la realización de los primeros ensayos de alumbrado eléctrico, la difusión de la fotografía, la creación del Canal de Isabel II en 1851, la fundación del Banco de España en 1856 y el incremento del tejido industrial y minero del país, fueron algunos de los logros de este periodo. Avances que también se extendieron al mundo de la cultura con la inauguración del Teatro Real de Madrid en 1850, la ampliación de las colecciones del Museo del Prado en 1865 y la fundación de centros de enseñanza de distinto grado y de la actual sede de la Biblioteca Nacional de España, de la que la Reina puso la primera piedra el 21 de abril de 1866. 

La última fase del reinado de Isabel II estuvo presidida por el desarrollo de la política exterior de “prestigio” alentada por el general Leopoldo O’Donnell, que cristalizó en la primera Guerra de Marruecos (1859-1860), entre otros conflictos; por la crisis económica y el creciente malestar social; y por la oposición al régimen isabelino de progresistas, republicanos y demócratas, conjurados contra la Soberana en el conocido como “Pacto de Ostende” (suscrito el 16 de agosto de 1866), al que se sumaron algunos sectores de los partidos Unión Liberal y moderado tras las muertes sucesivas de sus respectivos líderes, los generales Leopoldo O’Donnell y Ramón Narváez. Destronada a raíz de la Revolución de septiembre de 1868, Isabel II se exilió en París, en el que bautizó como Palacio de Castilla. Dos años después, el 25 de junio de 1870, la Reina renunció a sus derechos dinásticos en la persona de su hijo, el Príncipe Alfonso, futuro Alfonso XII. La Soberana, que nunca volvió a residir de manera permanente en España, falleció en la capital francesa el 9 de abril de 1904. Los restos de Isabel II descansan en el Panteón de Reyes del Monasterio de El Escorial. 

Fuente: Real Academia de la Historia (https://www.rah.es)

Leer más

Organiza: Patrimonio Nacional

Colabora: Museo Nacional del Romanticismo

Coordina: Irene Álvarez Jiménez

Diseño museográfico: Carmen Arjona y Miriam Rubio

Montaje museográfico: Montajes Horche S. L