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Las Colecciones Reales conservan un importante conjunto de relojes que los monarcas españoles adquirieron para embellecer los salones palaciegos y para regular y controlar el tiempo en su vida cotidiana. Fernando VII e Isabel II enriquecieron la colección real con singulares piezas que reflejan los adelantos técnicos y la variedad de estilos estéticos que se sucedieron a lo largo de sus reinados.

Esta exposición pretende dar a conocer la evolución estética, la variedad de modelos fabricados y las novedades técnicas aplicadas a medir el tiempo cada vez con mayor precisión. En esta pequeña muestra se han reunido los tipos más novedosos y curiosos para ayudar al visitante a comprender los gustos de ambos monarcas y cómo seleccionaron las mejores piezas realizadas por los más afamados relojeros. 

  • Horario

    De lunes a sábados de 10:00 a 20:00 h. Domingos y festivos de 10:00 a 19:00 h.

  • Acceso

    Plaza de la Armería. Los grupos accederán por la entrada de Cuesta de la Vega

La ampliación de un rico patrimonio

Los monarcas españoles que reinaron en el siglo XVIII -Felipe V, Fernando VI, Carlos III y Carlos IV- reunieron un importante y valioso conjunto de relojes que adquirieron a los grandes maestros relojeros de ese siglo: Ferdinand Berthoud, John Ellicott, Pierre Jacquet-Droz, Lépine…
La Guerra de la Independencia (1808-1814) y la invasión napoleónica provocaron la pérdida y el abandono de muchos de estos objetos registrados en los inventarios palaciegos. Por este motivo, Fernando VII, una vez restituido en el trono español, comenzó a adquirir relojes para decorar de nuevo los palacios y las residencias reales. A ellos se unieron los que recibió de la herencia de su padre -el rey Carlos IV- y de otros familiares como su tío el infante Antonio Pascual de Borbón.  
El monarca acudió a comerciantes españoles y extranjeros y a personal diplomático adscrito a las embajadas que actuaron como intermediarios entre el rey y el relojero. Uno de los proveedores que más objetos suministró al monarca fue Rafael Francisco Garreta. De origen español pero afincado en París, pronto se trasladó a Madrid y abrió tienda-almacén en la Carrera de San Jerónimo. Vendió mobiliario, lámparas, relojes, joyas, etc. desde 1817 a febrero de 1831 -fecha de su fallecimiento- que aún se conservan en las Colecciones Reales. También ejerció como representante en la corte madrileña de varios comerciantes extranjeros que confiaron en él sus productos.   
Otros comerciantes con tienda en Madrid como Beltrán Lagaillarda o Mauroner y Falcó Hermanos importaron relojes desde París por encargo del monarca. Conocemos todas estas incorporaciones por los documentos conservados en el Archivo General de Palacio Real y en especial por la Testamentaría de Fernando VII redactada en 1834, un año después del fallecimiento del monarca. 

La divulgación de los modelos

El reloj siempre fue considerado un signo de poder. La posesión de estas delicadas piezas custodiadas en cajas fabricadas en mármol, bronce dorado y pavonado, maderas ricas, porcelana y cristal era muy exclusiva. Las personas con alto poder adquisitivo que anhelaban disfrutar de uno de estos objetos debían satisfacer por ellos una importante cantidad de dinero. Aparte del coste de la máquina si querían una caja particular, única, tenían que pagar al diseñador que ideaba el dibujo, al oficial que lo reproducía en arcilla para comprobar el resultado final, al artífice que ejecutaba la caja -broncista, ebanista, platero-, al esmaltador que pintaba la esfera, al dorador, etc.
El auge económico de la alta burguesía y el interés por adquirir estos objetos a un precio más asequible propició y favoreció la producción en serie. Un modelo ya no era exclusivo de un solo propietario, sino que se copiaba e imitaba utilizando incluso otros materiales. Y para difundir estos modelos se distribuyeron por los talleres y por los comercios láminas con dibujos de cajas de relojes que con el tiempo se convirtieron en álbumes y catálogos. 
Otra vía de divulgación fueron las Exposiciones Universales. Estas se convirtieron en escaparates donde los artífices y los fabricantes presentaban los avances técnicos y las novedades estéticas. A ellas acudía un público interesado en conocer las últimas tendencias con las que decorar las estancias de sus viviendas y los últimos progresos de una sociedad moderna.

Los estilos artísticos

El siglo XIX fue una época dinámica en la que se sucedieron a buen ritmo una serie de estilos estéticos con mayor o menor éxito. En los primeros años se prolongó el movimiento neoclásico que tomó como fuente de inspiración la antigüedad griega y romana. Los descubrimientos arqueológicos alimentaron los asuntos representados en las cajas de los relojes, fabricados por lo general en bronce dorado y pavonado. Dioses, musas, filósofos, héroes, alegorías, etc. protagonizaron los asuntos representados. 
Le sucedió la estética romántica que se extendió por toda Europa. Las cajas retornaron al barroquismo y los motivos más solicitados fueron las liras, los pórticos, la representación de escenas de la vida cotidiana, el exotismo oriental y la reproducción de edificios góticos. Se incorporó en la fabricación de las cajas la porcelana policromada y el cristal tallado, transparente o coloreado y se recuperó la madera y el mármol. 
El Segundo Imperio comenzó en Francia en los últimos años del reinado de Luis Felipe, llegó a su plenitud en el período de Napoleón III (1852-1870) y perduró hasta finales del siglo XIX. Fue un movimiento ecléctico donde convivieron cajas austeras de perfiles rectos, fabricadas preferentemente en mármol blanco o negro, con otras que imitaban los estilos artísticos del siglo XVIII: Luis XIV y Luis XVI. En estas últimas se recuperó la rocalla, la vegetación frondosa y la curva exagerada y recargada. De nuevo, el bronce dorado se convirtió en el protagonista de la caja.

Los principales artífices

Isabel II continuó adquiriendo relojes de fabricación inglesa, francesa y española. Durante su reinado destacan importantes relojeros que prosiguieron con la labor de estudiar y fabricar instrumentos y mecanismos de precisión e incorporar nuevos avances en la medición del tiempo. 
Uno de ellos fue Santiago James Moore French, relojero y cronometrista de origen irlandés, con taller y tienda primero, en la londinense Sweetings Alley número 15 y después en Regent Street. Estableció fuertes vínculos comerciales con la corte española. Prueba de ello es la docena de relojes -caja alta, sobremesa, con barómetro, de pared y cronometro- que aún se conservan en las Colecciones Reales. 
En Francia, la familia Brocot -Louis-Gabriel y sus hijos Antoine-Gabriel y Louis-Achille– renovaron completamente el concepto de relojería. Perfeccionaron los mecanismos de suspensión, desarrollaron el escape visto y el de reposo, los calendarios perpetuos y la sonería.  En cuanto a la caja crearon un modelo sencillo, fabricado en mármol blanco o negro, de perfil rectangular, aristas rectas y adornado con molduras. En la esfera, de esmalte blanco, además de escape visto, idearon unas agujas rematadas en tréboles. Louis-Achille se asoció en 1851 con Jean-Baptiste Delettrez, relojero y hábil comerciante que extendió su producción por toda Europa. En la Exposición Universal de 1855 presentaron un reloj con sonería y calendario perpetuo -horas, minutos, segundos, calendario, ecuación del tiempo y fases de la luna- que causó la admiración de todos los asistentes, y obtuvieron la medalla de primera clase. Estos relojes suelen acompañarse de un barómetro y uno o dos termómetros. 
José Hoffmeyer Jiménez fue nombrado relojero de cámara de la reina en 1849. Abrió tienda en la madrileña calle de Alcalá y fue el representante en España de la casa French. Construyó sus propias máquinas e importó otras desde Ginebra. Adaptó los relojes distribuidos por las torres y por los edificios madrileños al sistema de tiempo medio, es decir, a regular de manera constante la duración del día solar.

La guarnición

En este siglo se generalizó, como parte de la decoración de los salones, el reloj de sobremesa con guarnición. Es un conjunto integrado por dos candelabros o por dos jarrones cuyo aspecto y materiales eran afines a los de la caja del reloj. Se solían colocar sobre la repisa de la chimenea, delante de un espejo que permitía observar la parte trasera del reloj. También se ubicaba sobre aparadores, cómodas o mesas de salón ejerciendo una función puramente ornamental. Proliferaron los catálogos que ofrecían variados modelos asequibles a una amplia clientela.  

La máquina

La máquina más utilizada en estos relojes es la conocida como tipo París. Es un mecanismo encerrado en una jaula realizada con dos platinas o dos planchas de metal dorado -generalmente latón- de contorno circular separadas mediante pilares. El muelle o resorte de metal tensado se encierra en un cubo y ejerce su fuerza sobre un conjunto de ruedas de tamaño decreciente engranadas unas a otras. La última rueda, la más pequeña, es la rueda de escape. Su movimiento permite la oscilación de una pieza en forma de ancla -áncora- que unida al péndulo mantiene un ritmo constante y regula el desplazamiento de las agujas del reloj. 
La sonería, generalmente de horas y medias, tiene como componente principal la rueda contadera. Esta está dividida en su parte exterior en doce muescas o ranuras separadas por intervalos desiguales. Una palanca descansa sobre el borde de la rueda. Cuando se acciona el engranaje de la sonería la rueda gira y la palanca cae en la muesca deteniendo el sonido. Mientras un martillo golpea una campana.

La medida del tiempo en el mar

En la navegación, desde antiguo, se plantearon dos importantes problemas: la determinación del rumbo de la nave y la posición del barco en alta mar, es decir el cálculo de las coordenadas geográficas -latitud y longitud-. En los viajes marítimos, hasta bien avanzado el siglo XVIII, la navegación fue peligrosa por falta de instrumentos de precisión. 
Los estudios científicos culminaron con la fabricación de un reloj de gran precisión que carecía del péndulo de los relojes de asiento -por los movimientos del barco y por los cambios en la gravedad terrestre a diferentes latitudes- pero que soportaba la agitación violenta e irregular y las condiciones meteorológicas extremas en cuanto a temperatura, humedad y presión atmosférica. Este reloj debía de mantener un movimiento uniforme y una total exactitud de la hora del puerto de partida o meridiano de referencia para evitar la imprecisión que supondría la deriva.  
Los relojeros y cronometristas ingleses consiguieron la mayoría de las innovaciones tecnológicas entre 1815 y 1820.  Son máquinas de pequeño tamaño que poseen suspensión cardan, autonomía de marcha de 24 ó 56 horas y cristal protector para la esfera con la típica forma bombeada convexa. A partir de 1840 los ejemplares son de mayor tamaño, con cristal plano y autonomía de cuerda hasta de una semana.  

Autores y coleccionistas

Fernando VII
Monarca

Fernando VII

(El Escorial (Madrid), 1784 - La Granja (Segovia), 1833)

Noveno de los catorce hijos de Carlos IV (1748-1819) y de María Luisa de Parma (1751-1819), el futuro Fernando VII fue jurado Príncipe de Asturias ante las Cortes el 23 de septiembre de 1789, tras las muertes sucesivas de sus hermanos mayores. Los primeros años de vida del Príncipe transcurrieron bajo la tutela de su ayo, el Marqués de Santa Cruz, de sus sucesivos preceptores, de los que el más conocido fue el Canónigo Juan de Escóiquiz, y de su maestro, el Padre Cristóbal Bencomo. Durante su educación, el Príncipe Fernando aprendió Filosofía, Gramática y latín, además de recibir nociones de música y dibujo, disciplina esta última en la que tomó lecciones del pintor Antonio Carnicero. Casado en cuatro ocasiones,...

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Isabel II
Monarca

Isabel II

(Madrid, 1830 - París (Francia), 1904)

Hija primogénita de Fernando VII (1784-1833) y de su cuarta esposa, María Cristina de Borbón Dos Sicilias (1806-1878), la futura Isabel II fue jurada Princesa de Asturias ante las Cortes españolas, reunidas en la Iglesia de San Jerónimo el Real de Madrid, el 20 de junio de 1833. Apenas tres meses después, se convirtió en Reina de España tras el fallecimiento de Fernando VII el 29 de septiembre de ese mismo año. Durante su minoría de edad, actuaron como regentes, primero su madre, la reina María Cristina, y después el general Baldomero Espartero.La infancia de Isabel II se vio condicionada no sólo por el estallido de la primera Guerra Carlista (1833-1840), que puso en cuestión su legitimidad como Soberana...

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Organiza: Patrimonio Nacional

Comisaria: Amelia Aranda Huete

Coordina: Irene Álvarez Jiménez

Diseño museográfico: Mayo & Más Gestión Creativa S.L

Montaje museográfico: Artec Exposiciones S.L.